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Presentación Apostólica en Mérida, Yucatán

Presentación Apostólica en Mérida, Yucatán

12 de Abril de 2015

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En el corazón del Sureste de México, en el bello estado de Yucatán, Dios se mostró propicio y una vez más las bendiciones del Altísimo se derramaron en el Pueblo del Señor congregado en el majestuoso templo piramidal con reminiscencias mayas asentado en la colonia Sambulá, en Mérida. El P.E. Uzziel Joaquín, quien presidió la consagración de adoración, en su explicación exhortó a mantener sana la fe, buscando siempre la leche no adulterada para crecer en ella.

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Poco antes de las once de la mañana, ingresó al templo el Apóstol de Jesucristo, Naasón Joaquín García; pañuelos blancos comenzaron a ondear mientras las lágrimas corrían por las mejillas de cientos de hermanas y niñas ataviadas con su tradicional hipil blanco de la mujer yucateca; las exclamaciones de gloria a Dios de la valla humana que recibía al Elegido, aumentaban de tono. No faltó el canto especial para darle la bienvenida “Los que nacen grandes…. Linaje de los benditos de Dios, aquellos nacen grandes como el Apóstol y mi maestro Naasón”.

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El D.E. Dámaso Pelayo Soltero, ministro en turno de la iglesia de Samulá, en Mérida, dirigió las palabras de bienvenida. En su breve alocución comparó a los apóstoles como árboles de olivo y a la Iglesia como la silvícola que venía con sus recipientes espirituales a tomar de ese aceite precioso que destilaba de otro árbol especial.

Salutación apostólica

En sus primeras palabras, el Apóstol Naasón Joaquín refirió: “Hermanos de la península de Yucatán, Dios me concede llegar a vosotros y traer la paz de Dios a esta iglesia, anhelante os saludo y digo que su comunión os abarque y la gracia de Dios os cubra a todos. ¡Cuánto me gozo al mirar el rostro y escuchar vuestra voz, y extiendo mis manos en un abrazo y les digo: …Heme aquí! He sido enviado por Dios para vuestro servicio, para vuestro amparo, para vuestro consuelo.”

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La iglesia al escuchar el anhelado saludo apostólico experimentó unánime un sentimiento de felicidad, producido por ese bello encuentro entre el Apóstol con su Iglesia, evidente en la alegría de los hermanos congregados; por lo que recordó cómo la Iglesia universal, tras la sensible pérdida del apóstol de Jesucristo Samuel Joaquín, en diciembre del año pasado, pensó que nunca más iba a experimentar el gozo espiritual que les produce la presencia de un Apóstol.

La iglesia loaba a Dios y a Jesucristo, que en su infinita bondad levantó a su Ungido Naasón Joaquín para consuelo y fortaleza del pueblo del Señor, y más se regocijaban al escucharle decir que no están solos, que hay seguridad y protección. Recordó que los estudiosos hablan del origen de los pobladores de la Península de Yucatán, como los descendientes de los mayas, pueblo con grandes conocimientos y proezas arquitectónicas destacadas para su tiempo; otros, al contrario, ven razones para minimizar su origen, para menospreciarlos por su aspecto físico o baja estatura. En cambio él se sentía vibrar de felicidad por ver la obra en sus corazones, por ello invitó a unir sus voces en un grito de alegría con la alabanza 114, “Cuando Cristo me encontró….” y a subir el tono en el coro: ¡Libertad que alcancé…!

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Consejo apostólico
El Apóstol del Señor expresó su deseo que la Iglesia comprendiera la magnitud de la autoridad de Dios en él, la cual es para salvación de las almas, para que alcancen la vida eterna. Trajo a mención el glorioso llamamiento apostólico que Dios le hiciera en Guadalajara, momento sublime del que han pasados cuatro meses desde que oyera la voz de Dios en aquella madrugada del 8 de diciembre; pero lamentó que todavía exista quién se atrevía a preguntar, como lo hicieran con Cristo en Mateo 21 versículo 23, ¿con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio esta autoridad? Y aunque sin duda vieron las maravillas que el Señor Jesucristo hizo, porque fueron testigos de muchos milagros, sólo lo seguían no para creer en él, sino para encontrar de qué acusarlo. Por eso Cristo no se equivocó cuando los llamó perversos, sepulcros blanqueados, generación de víboras. Los que hoy son como ellos, no forman parte de la gloria de Dios porque cierran su corazón.

“¿Y ustedes –preguntó– necesitan saber con qué autoridad hago estas cosas?, ¿con qué autoridad me he levantado ante la iglesia? ¿Necesitan que les diga quién toca y estremece los corazones? ¿Quién toca el alma y se derraman lágrimas?”. La respuesta de la feligresía fue un no rotundo, porque en esta iglesia se percibió un genuino reconocimiento hacia la Elección.

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A los corazones duros –agregó el Apóstol–, el Señor les contestó que no les diría con qué autoridad hacía las maravillas. Así, a él, los que no creen no le interesan; pero a los que vibran y lloran de alegría cuando le ven y escuchan, a los miles que no cuestionan su autoridad, a ellos les dijo: “Mi padre que está en los cielos me ha enviado a vosotros, y me ha dado esta gloria que sólo los apóstoles tienen…”, porque en aquella orden que le dio Dios de estar al frente del pueblo, iba también una facultad, es decir, el revestimiento con la autoridad apostólica con que Cristo reviste a sus mensajeros .

Como dice el canto: El pueblo muy amado de Dios, desde tiempos atrás tiene sus escogidos… Y por los antecedentes de la historia sagrada, también entendemos que el pueblo de Dios debe tener un Enviado. Nunca se ha visto que su Pueblo camine sin que haya de su Señor quién la guíe. ¿Qué pasaría con la Iglesia si no hubiera Ungido de Dios? Recordó aquella ocasión cuando en Monterrey, el Apóstol Samuel Joaquín puso a cuatro ministros a disertar acerca de un mismo tema, cada uno con su propio don, quienes decían de sí mismos: “Así me enseñó el hermano Aarón, esto lo escuché del hermano Aarón…”, pero cada versión era distinta, de acuerdo a la comprensión personal.

“No digan –dijo el Apóstol Samuel al terminar de escucharlos–, que fue mi padre quien les enseñó, mejor digan: Esto fue lo que entendí. Porque cada quién tiene su propia percepción de las cosas, su propia interpretación que puede ser para confusión, si aquella persona con don se desvía y llena su corazón de soberbia. Por eso es tan importante que haya Siervo de Dios para guiar al pueblo, según el libro de Éxodo 3:12, ya que por naturaleza el corazón del hombre es de dura cerviz”.

Después de esta memorable alusión apostólica, el Ungido del Señor agregó que son los hombres de Dios los que reciben la revelación para dar a conocer la voluntad divina a la iglesia, además los Siervos de Dios llevan en sus facultades: el atar y desatar, como leemos en el evangelio según Mateo 18:18, el perdonar, en Juan 20:22, el de reconciliar, como se expresa en la2a. Epístola a los corintios 5:20, el de dar comunión con Dios en la 1ª. Carta de Juan 1:3, están puestos para luz y salvación hasta lo último de la tierra, expresado en Los Hechos de los apóstoles 13:47.

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¡Un Enviado de Dios tiene poder, pero no para destruir! –aseguró categórico el apóstol Naasón Joaquín– basándose en el texto de Lucas 9:52-56, cuando los discípulos de Cristo, al sentir el celo por aquellos que no quisieron recibir al Señor, le preguntaron si quería que oraran para que descendiera fuego del cielo y destruyera a los incrédulos. Ellos pensaban así porque aún no se les había abierto el entendimiento, aún no llegaba el Espíritu Santo a revestirlos, porque todavía estaba el Señor con ellos; pero cuando llega el momento, aquel poder es utilizado para salvación de las almas.

Los que no comprenden ni reciben la Gracia de Dios es porque quieren entenderla sólo con la mente carnal o humana, se equivocan y exigen a los enviados de Dios que actúen con venganza, que condenen. Como aquel hombre que se sentía perfecto y justo en su corazón juzgó la acción de la mujer que lloró a los pies del Maestro. También juzgó al mismo Señor… Si fuera profeta…–pensó–, sabría quién es ésta. Por lo tanto, el Apóstol afirmó que la Gracia no viene a los que se consideran a sí mismos justos y limpios, aunque no lo sean, pero así se imaginen. La Gracia viene por la continua reconciliación, a aquellos que lo reciben, lo cual no significa que un Enviado sea un aparcero, como juzgan los necios.

Los hombres de Dios son compasivos, como lo fue el apóstol Aarón, el Apóstol Samuel, llenos de amor, de misericordia; ellos actuaron sin juzgar ni señalar. Así fueron en su hermoso ministerio de reconciliación, así como lo lleva él apóstol Naasón Joaquín, quien ora intercediendo por ellos. ¡Para eso es la autoridad apostólica¡
Por ello aclaró a los que claman castigo, juicio y condenación para los opositores, repitiendo lo que en la 2ª. Epístola a los Corintios 10:8 menciona el Apóstol Pablo: “Aunque me gloríe algo más todavía de nuestra autoridad, la cual el Señor nos dio para edificación y no para vuestra destrucción, no me avergonzaré”.

Si fuera hombre de Dios, piensan los incrédulos, sabría… los correría….los condenaría… los reprendería… los juzgaría… ¡No! –dijo enfático el Apóstol–, “porque soy hombre de Dios, te reconcilio…. ¡Te mantengo en comunión con Dios!”. Los congregados se gozaban al escuchar al Apóstol y glorificaban a Dios al comprender ampliamente que si no hubiese autoridad del Señor en su pueblo todo sería muerte, porque Dios conoce la condición humana de sus Siervos, de entre ellos los levantó para que puedan compadecerse del pueblo, según lo dice la Epístola a los hebreos 5:1-2. El salmista David dice que Dios hubiese destruido al pueblo de no haberse interpuesto su Siervo Moisés y, desde luego, nuestro Señor Jesucristo, autor de la misericordia, en una parábola habla del cuidado para el trigo, que no saliera dañado por sacar la cizaña.

Aquella mujer adúltera que menciona la Sagrada Escritura, los acusadores que la señalaban querían darle muerte; pero reconciliada por el Señor halló vida, ¿qué obra de arrepentimiento hizo para lograrlo?, ninguna. Asimismo, el hombre que fue crucificado con el Señor Jesucristo y que halló el perdón y la salvación de su alma, en un instante recibió lo que pedía. Esto ocurrió porque en el mismo momento que aquella mujer y el malhechor reconocieron la autoridad en Cristo, hubo perdón para ellos, ¡bendita gracia, bendita misericordia, olor de vida que el necio no puede comprender, como no comprendieron que el Señor Jesucristo perdonara al malhechor en la cruz, que demostrara amor y clemencia a la mujer adúltera. Ante la intolerancia de los fariseos, Cristo calificó a aquellos que se creían sabios: sepulcros blanqueados e hijos de condenación.

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Despedida
“Así que la autoridad, es olor de vida para unos y olor de muerte para otros”, recordó el Apóstol del Señor, asegurando por las manifestaciones de aceptación a su Elección, que en ese lugar en Yucatán el olor de gracia se extiende en beneficio y provecho de la iglesia, porque todos han creído. En cambio, señaló, a los que se apartan desde el vientre, la misma palabra en la que ellos confían, ya los ha condenado.

En sus últimas palabras, el Apóstol de Jesucristo dijo: “Si Dios me ha revestido de autoridad para guiar a su pueblo y si vosotros habéis comprendido que esta autoridad es para salvar las almas, entonces, iglesia de la península de Yucatán, te invito a que levantemos nuestras manos y le hagamos una promesa al Señor: que anunciemos el evangelio de Jesucristo, que demos testimonio que en la tierra hay un Varón de Dios… que trabajaremos para salvación de las almas, que la juventud se preparará para ir a los campos de batalla, que la niñez será el futuro de la iglesia del Señor. Si así lo haces yo le diré al Señor que te siga bendiciendo…”.

Para finalizar su presentación, invitó a los coros de Honduras y de Yucatán, a entonar la alabanza Por la oración de un hombre justo… Mientras el canto se escuchaba, el Apóstol de Dios, haciendo uso de esa hermosa facultad espiritual que Dios le dio, elevó una oración especial de intercesión para que Dios reconciliara y perdonara las faltas u omisiones que la iglesia de ese Estado y la Universal que lo escuchaba por internet, hubiese cometido:
“Padre… yo vengo a orar por los que tú me has dado… hoy vengo a decirte: bendice a tu pueblo, discúlpale sus ofensas y permite Señor que vuelvan a reconciliarse contigo y que ellos vean y entiendan que tú eres el que me ha puesto para guiarlos a la vida eterna…”
Gloriosas palabras de vida que derramaron misericordia y paz a los corazones abiertos de la iglesia, que se regocijaba en su espíritu al sentir la comunión con Dios. Aún las visitas que asistieron y que según reportes de los hermanos encargados eran más de 600 almas, en ellas se manifestó también la gracia del Señor que les hizo brotar lágrimas en su última oración.

Se despidió con evidente alegría confirmando que Dios estaba con él y con su iglesia “Firmes y delante hasta la venida del Señor Jesucristo”, fueron sus últimas palabras.

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Después de la presentación apostólica en el templo, la fiesta continuó. Delegaciones de cada Iglesia en todo el estado, tuvieron la oportunidad de saludar al Apóstol y por la tarde se celebraron bautismos para la gloria de Dios, uniéndose todo el pueblo a alabar al Creador.

Fuente: Unidad de Crónica Apostólica

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